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Historia Secreta

6 DEFENSA DE CALAMA

Entre la ocupación dentro de hasta y la marcha del improvisado ejército boliviano a la costa, se produce un acontecimiento que sacude la conciencia americana. Es el sacrificio de Calama que culmina con el escupítajo de Abaroa al rostro del invasor.
Calama es una población situada en una de las últimas estribaciones de los Antes hacía el Pacífico; concretamente, está incrustada entre las montañas y el desierto arenoso que se extiende hasta besar las playas del mar. En aquellos tiempos, Calama seguía siendo un poblado rodeado de pequeños prados verdes que contrastaban con el plomo azulino de los cerros mineralizados, el amarillo del desierto y el nácar de las eminencias impolutas de la cordillera.

*Tal convencida estaba tasa de que la única salvación era poner en ejecución el plan boliviano que, en vísperas de su caída le escribió una carta amarga a Julio Méndez que la revelamos por primera vez: "Ahora resulta que el perfumado de Montero ignora el plan de defensa que hemos sostenido a consideración de Prado. Ayer le hablé de éste plan y le dije que había llegado el momento que ponernos a las órdenes del Mariscal Sorojche. Montero se puso seis Perú cuando expliqué en que consistía el plan se puso serio y mostró mucho interés y me pidió una copia del plan. Como usted es el que ha redactado la nota a Prado, le regó enviarle una copia al Contralmirante Montero, ya que yo he resuelto por mi cuenta forzar la ejecución de éste plan marchando a ponerme a la cabeza de la 5ta. División, por tanto su respuesta ya no me encontrará en esta". (Esta castellana llegó a manos de Méndez, pero por ésas cosas que suceden de vez en cuando, el autor de este libro la escribió junto a una colección de documentos de ese época, en una casa de libros viejos de Buenos Aires el año 1876).

El río Loa que atraviesa el pueblito, inunda los alrededores desembocando del Este, dando lugar a una típica vegetación de chilcares y alfalfares. La población era tranquila y los vecinos amantes de la paz, se dedicaban a la agricultura y los trabajos mineros en pequeña escala. De vez en cuando ese ambiente de tranquilidad y sosiego era interrumpido con la llegada de personas extrañas, tristes y silenciosas. Eran los desterrados políticos que iban a purgar a playas extrañas el delito de disentir. Calama era un oasis forzoso para estas caravanas infamantes y su gente noble y hospitalaria que no entendía de los odios y pasiones de la política engendra, salía al encuentro de los réprobos y les ofrecía pan para su hambre, agua para su sed; y algo que no tiene precio: solidaridad. De Calama, los desterrados partían reconfortados, porque este noble pueblo les devolviera les devolvía las esperanzas y la fe.

Un día, de pronto, esa paz de aldea se interrumpe en forma extraña con la llegada de varios bolivianos que venían del Litoral. Eran bolivianos que habían escapado a la barbarie araucana en Antofagasta. La pequeña y ronca campana de la iglesia del pueblo comenzó a agitarse desesperadamente, hiriendo la monotonía del ambiente. Era algo extraño. Algo muy grave debió ocurrir para semejante alarma. Todos han debido mirarse tratando de adivinar de qué se trataba. Primero alguien asomó la cabeza temerosa a la plaza; y luego, por los cuatro costados, comenzaron a acudir, hombres, mujeres, niños y ancianos. A los oídos de algunos ya había llegado la noticia de la invasión chilena, pero algunos escépticos desconfiaban de semejante noticia. Los rumores crecían y la fantasía hacía su fiesta, difundiendo hechos de los más descabellados. Por fin la intempestiva llegada del Prefecto del Litoral, Zeverino Zapata, sacó del sopor y la incertidumbre a todos y se supo la verdad: Antofagasta había caído y el ejército chileno avanzaba hacia Calama. La noticia, avalada por la presencia nada normal del Prefecto Zapata, avivó los comentarios. La gente se movia de un lugar a otro corrigiendo o aumentando las versiones de acuerdo a su imaginación, aunque en medio de ellas, una noticia comenzó a preocupar, pues lo que en principio parecía ser sólo una volada ya tenía el signo trágico de una verdad: el próximo objetivo chileno era Calama. Estratégico para sus planes. Convencidos de la tremenda verdad, sin embargo, no cayeron en el derrotismo que suele ser el lugar común de los pueblos débiles.
Los de Calama recibieron la noticia como un desafío y la rechazaron de inmediato. Sus moradores, habitualmente pacíficos y serenos, se transformaron en cosa de segundos, y con los puños en alto, indignados, lanzaron a los cuatro vientos su respuesta encarnada en una sola voz: ¡Viva Bolivia! ¡Muera Chile! ¡No pasarán!

Disipado el momento emotivo, sin embargo, comenzaron a circular otro tipo de preguntas que corrieron de boca en boca: ¡No tenemos armas! ¡Nos exterminarán! ¡Es preferible la muerte a entregarse!

Ladislao Cabrera, un abogado de prestigio y sintáctica figura, era la autoridad máxima de la provincia. Todos los vecinos dirigían la mirada para adivinar en su rostro cuál sería la decisión pues no faltaba alguien que opinaba por un éxodo hacia el interior. Cabrera se reunió por breves minutos con los principales vecinos y la respuesta no se dejó esperar. ¡No se abandonará el pueblo! ¡El pueblo será defendido! Como una chispa eléctrica eclosionó el sentimiento patrio y la multitud se dispersó dejando vacía la plaza. Era algo extraño, parecía que ese pueblo obedecía a algún comandante invisible. Era cierto, los manes de la patria, Sucre, Santa Cruz, Ballivian estaban presentes en espíritu en Calama, que en ese momento era Bolivia toda. No duro sino pocos minutos el silencio en la plaza del pueblo, pues por todas las calles la gente acudía nuevamente, pero esta vez portando sus armas. Bellísimo y sublime espectáculo fue aquel cuando los calameños aparecieron con fusiles, escopetas, mosquetes, espadas, garrotes y la sonrisa en los labios. Alguien debió pensar que esa multitud volvía del saqueo y desmantelamiento de algún museo de armas antiguas, incluyendo el arnés de algún viejo descendiente de algún noble español que dejó sus huesos para siempre en aquéllas montañas.

No faltó una sola persona en la cita de honor. El momento de hacer un recuento del armamento con que se iba a enfrentar al ejército chileno, surgió la pregunta: ¿con 33 fusiles Winchester, 8 Remington, 30 fusiles de chimenea, 12 escopetas de casa, 14 revólveres, 5 fusiles de chispa y 32 lanzas, tal el material bélico expuesto, se podía defender la plaza? La fuerza expedicionaria chilena que avanzaba ya hacía Calama estaba conformada de 1.400 hombres, un batallón de caballería y varias piezas de artillería. La respuesta no se dejó esperar. Aquellos patriotas no se amilanaron ante la superioridad considerable del enemigo, ellos tenían que cumplir un deber de bolivianos. Tal era la euforia patriótica de que estaban poseídos que, esos instantes el primero que hubiera sugerido siquiera una insinuación de pesimismo hubiese sido pasado por las armas inmediatamente. A tal grado de delirio colectivo había llegado aquel bastión de la bolivianidad.

La presencia del enemigo parecía haber hecho perder la razón a esos valientes que todos esos días se dedicaban a limpiar sus armas, a acariciar sus escopetas, a afilar sus lanzas y a pronosticar el número de chilenos de que darían cuenta, tuve en medio de jocosos simulacros de combates personales y ocurrencias criollas a costa de los rotos.

En medio de esa multitud delirante sobresalía un hombre alto, del rostro enjuto y abundante y ondulada cabellera. Dos mostachos soberbios complementados por una perita bien cuidada, nariz ligeramente aguileña, ojos pequeños y penetrantes, adornados por cejas arqueadas y espesas, formaban un conjunto inequívoco de un carácter. Era delgado, de unos 40 años parco de palabras, pero de ademanes firmes. Tenía todas las características del boliviano, emprendedor y decidido. Estaba ocupado hasta esa fecha aciaga, en la administración de algunas empresas mineras pequeñas.

Los sobrevivientes de aquella memorable jornada jamás olvidarían a aquel ciudadano gentil que paseaba tranquilo en compañía de otros paisanos o asistiendo a los corrillos que se formaban cerca de la subprefectura.

Un día antes de la fecha elegida por el enemigo, había reaccionado indignado ante la debilidad de uno de los principales, que creía un acto de locura lo que se pretendía hacer. Entonces le había espetado: "Soy boliviano, prefiero morir antes que huir cobardemente". Esas palabras, frías y contundentes, acompañadas de un ademán grave bastaron para que no se volviera a repetir ese tipo de insinuaciones. El rostro melancólico y serio delataba en Eduardo Balboa, tal el nombre de este ciudadano, que algo grave andaba rondando en su pensamiento. La indumentaria que había adoptado desde días atrás, por otra parte, calándose botas de cuero que, seguramente, usaba en sus andanzas mineras, y exhibiendo orgullosamente dos revólveres al cinto con la correa colmada de cartuchos, traía a la memoria, la estupenda figura de un soberbio Sheriff del lejano Oeste norteamericano. Nadie sospechaba, por cierto, que este modesto boliviano, había sido elegido para lanzar la más estupenda bofetada que aún suena en el rostro del invasor.

El coronel Emilio Sotomayor, que se encontraba en Caracoles en conocimiento de que en Calama se preparaba la defensa de la integridad boliviana, apresuró la expedición que debía culminar con la toma de aquélla plaza. El hombre elegido para recibir el escupitajo del héroe era el coronel Eleuterio Ramírez, quien partió a marchar forzadas y acampo en las inmediaciones de Calama con un contingente numeroso y bien dotado de armas y equipos, al alborear del 23 de marzo.El coronel Ramírez, convencido de su superioridad, envió un emisario exigiendo la rendición de la plaza con ofrecimiento de garantías, pero al mismo tiempo con amenaza de exterminio en caso de rechazo.
Fue entonces que los chilenos conocieron el temple de Cabrera y de todos aquellos hombres que habían decidido morir por la patria. A partir de aquel momento Calama comenzaba a escalar la historia para simbolizar a todo un pueblo.

"Decid a vuestro jefe -contestó Cabrera al mensajero chileno- que un boliviano jamás se rinde. Estamos resueltos a sacrificar nuestra propia vida por la patria, pero a rendirnos, jamás…Defenderemos la integridad de Bolivia hasta el último trance".

El emisario, no se sabe si avergonzado o anonadado por tanto valor, se alejó rápidamente de aquel lugar que ya comenzaba a ser sagrado para los bolivianos.

Aceptado el duelo, Cabrera convocó de inmediato a los voluntarios de la patria dispuestos a reeditar en un paso de los Andes, la hazaña de los hoplitas espartanos en las Termópilas. La decisión estaba tomada y en los rostros de aquellos rudos y broncíneos montañeses se dibujó una sonrisa mezclada de orgullo y satisfacción, quizá por la respuesta digna y temeraria de Cabrera o quizá por sentirse elegidos para cumplir un deber sagrado.

Eran 135 bravos legionarios del honor boliviano, armados de escopetas, carabinas, rifles y lanzas, dispuestos a morir. Ladislao Cabrera se agigantó al impulso de tanta osadía y aprovecho el momento y el frenesí para instarlos a un juramento que no era necesario, pero que la circunstancia solemne así lo exigía:

"¿Juráis defender la integridad de la patria con vuestra sangre y sí es preciso hasta morir?" A una sola voz estentórea los héroes contestaron: "Sí, juramos". Jamás boliviano alguno debió sentirse más digno que aquellos 135 gigantes que pronunciaron esa frase que restalló en el rostro del enemigo; la misma que aún se escucha reproducida por el eco inmortal de las montañas al compás de la más hermosa sinfonía de alas rotas y el ronco bramido de olas inconclusas, que perturban la conciencia del usurpador.

Cumplir este rito, los defensores de Calama se retiraron de la plaza con dirección a sus trincheras y puestos de combate en medio de un loco entusiasmo. "En homenaje a la verdad -dice Cabrera en el informe elevado después del sacrificio- declaro que en ésos solemnes momentos no vi palidecer a ninguno de los que se hallaban en el campamento. Más parecía que se preparaban a un festín que a un terrible combate en que iba a correr torrente de sangre”.

El ejército expedicionario chileno se movilizó en cuanto volvió el emisario en son de combate. Las ocho piezas de artillería vomitaron fuego para intimidar a los defensores. Cabrera instruye que no debía dispararse hasta que los enemigos estuviesen al alcance de sus armas, para no desperdiciar munición. Dando por seguro que el objetivo principal del invasor sería el vado del Topater para desplazar su caballería, escoge un selecto contingente de valientes para que cuiden el punto, Jefe del grupo fue designado el Coronel Fidel Lara y segundo comandante Eduardo Abaroa. Para la defensa del vado de Huayta, otro lugar estratégico, fue elegido Jefe el Coronel Emilio Delgadillo.

Eran las siete de la mañana y comienza el asedio chileno. El objetivo principal, como estaba previsto, era el Puente de Topater. Un fuerte contingente arremete con furor, pero choca con la heroica resistencia de los bolivianos, que les causa muchas bajas. Sorprendidos los chilenos se retiran para volver con nuevos refuerzos. Entretanto una gruesa partida de la caballería chilena también era rechazada del vado de Huayta dejando varios muertos y heridos. El combate se generaliza. El fuego es recio, aunque desigual, pero nadie abandonó su puesto de combate. Ante tanta temeridad del enemigo se desorienta y vacila. Ramírez y sus inmediatos cambian miradas en busca de alguna idea. Nada se les ocurre y sin salir del pasmo ordenan un nuevo ataque con todos los efectivos. El combate se intensifica reciamente, la artillería suena atronadoramente, la caballería ataca repetidamente, pero los bolivianos se mantienen en sus puestos defendiéndose como leones. Yalquincha, Topater y Huayta son los puntos más asediados pero la resistencia no cede. Pareciera que la superioridad del enemigo los enfureciera más para hacer tanto derroche de valor. Pero todo tiene su límite. El número de defensores comienza a ralear y la munición a agotarse.

A las 11 de la mañana, después de cuatro horas de combate increíble, las filas bolivianas estaban ya casi diezmadas. Todo era ya inútil. Los parques se habían agotado y los disparos aislados eran la señal de que sacrificio habíase consumado. Ese momento, Cabrera, Zapata y algunos sobrevivientes emprenden la retirada al interior de Bolivia. A tiempo de hacerlo han debido escuchar todavía el insolente eco de un solitario rifle que seguía disparando en alguna trinchera. Era que Abaroa rubricaba en el puente la máxima epopeya del Pacífico.

En efecto, cuando todo ya estaba consumado y el ejército chileno era dueño de la situación, había todavía un lugar al que no tenían acceso. Un hombre ensangrentado y malherido, que apenas podía ponerse en pie no permitía acercarse al puente al enemigo, disparando de rato en rato su rifle, entretanto un contingente del ejército invasor había vadeado ya el Huayta. Era Eduardo Abaroa que rodeado de cadáveres seguía luchando solo, sin ceder un palmo. Agitando en una mano sus rifle y en la otra su revólver seguía provocando al enemigo con palabras duras.

Sus ojos cargados de odio también disparaban destellos fulminantes contra los rotos más audaces que se aproximaban con gran precaución. Había llegado la hora del sacrificio total. Un escuadrón de soldados chilenos avanza al lugar, decidido a acabar con la solitaria resistencia. Le intimidan rendición, pero Abaroa por toda respuesta dispara su arma. Una nueva descarga a quemarropa de los chilenos hace impacto y su cuerpo se tambalea. Apoyada en una rodilla sigue agitando su rifle. Los chilenos avanzan y lo rodean.
-Por última vez, ríndase... –suena la palabra encolerizada del invasor. Y Abaroa, haciendo un supremo esfuerzo, se agita y logra ponerse de pie y a tiempo de disparar por última vez su rifle al enemigo, le lanza aquel terrible apóstrofe:
-¿RENDIRME YO? QUE SE RINDA SU ABUELA, CARAJO...

Los chilenos que recibieron la terrible afrenta, el máximo desafió, respondieron con una nueva carga cerrada de sus fusiles y lo ultimaron con sus bayonetas, porque Abaroa parecía tener siete vidas. Cuando los soldados comenzaron a festejar el triunfo alrededor del héroe al grito de ¡viva Chile!, todavía escucharon el último aliento del héroe:-¡MUERA!...

"Esta última palabra de sus labios, tan indecente como la de Cambrone en Waterloo -dice un escritor boliviano- vale más que en los labios de este, puesto que Cambrone la lanzó con la cólera de morir defendiendo una corona de usurpación, y Abaroa la escupió en el rostro del chileno, cuál estigma de sarcasmo para los conquistadores y murió defendiendo el sagrado suelo de la patria, bajo la bandera de ella. Quien ganó la batalla de Calama no fue Sotomayor, fue Abaroa".

Calama es, sin duda, el ejemplo vivo de lo que fue aquella guerra: 10 contra 1. En todos los combates y batallas el enemigo llevó una ventaja aproximada. Ese pequeño contingente de bolivianos de Calama es el ejemplo máximo del sacrificio que puede ofrecer un pueblo por la justicia.Los fogonazos del Topater repercuten aún en el corazón de los bolivianos reavivando la llama inmortal de la reivindicación y las últimas palabras de Abaroa taladran la conciencia de Chile. La toma de Calama fue un trago amargo para los invasores que al hacer su ingreso al poblado más parecían vencidos que vencedores, así relata aquellos momentos un oficial chileno que participó en aquel acontecimiento: "A los pocos instantes el ejército chileno ocupaba el pueblo, y el coronel Sotomayor hacía saber por medio de un manifiesto, a los asustados habitantes de Calama, que nada tenían que tener hallándose protegidos por la bandera chilena. "A pesar de la victoria nuestros ánimos están mal impresionados". "La sangre de nuestros hermanos pesa sobre nuestros pechos y ahoga el júbilo y la alegría". "La heroica resistencia de nuestros enemigos infúndenos cierta desazón, pues prevemos la gran cantidad de sangre americana que será necesario verter antes de obtener el triunfo definitivo". "La dirección del ataque tampoco nos satisface y pensamos con cierta tristeza en los prodigios de valor que necesitaron desplegar nuestros soldados cunando llegue el día de sostener un gran combate.

Si con 500 hombres armados tuvimos necesidad de batirnos cerca de tres horas con sólo ciento y tantos cholos pésimamente armados, ¿qué sucederá cuando se trate de batir una fuerte y bien organizada división?"*

Habiéndose producido la declaratoria de guerra después de ocupada Antofagasta, Chile espero, como era natural, una reacción del Perú, toda ves que conocía el “pacto secreto” de 1873. Pero, contra todo calculo, el Perú trato de sacar el cuerpo del problema, asumiendo más bien el papel de amigable componedor. Fue entonces que Chile dejó los escrúpulos y mostró su verdadera faz declarando también la guerra al Perú; pretextando haber descubierto un pacto secreto entrambas naciones para agredir.
De esta manera se puso al descubierto que el verdadero objetivo chileno era el de cumplir con el viejo sueño de aplastar al Perú a fin de evitar y cortar su engrandecimiento, asumiendo la hegemonía en el Pacífico. Chile sabía muy bien que una guerra contra Bolivia debía ser dirigida también contra espero.
Los estadistas chilenos conocían muy bien la realidad geográfica de su país y su futuro económico nada alentador. Ello incentivó sus ideas expansionistas hacia el Norte del Paposo, donde se encontraba a su "espacio vital". Toda su política internacional está signada en lograr este objetivo como cuestión de vida o muerte. Paso a paso con la cautela y astucia necesaria, la Moneda ha ido avanzando ejecución de este plan atentando a Bolivia los territorios vecinos "para colocar la en la indeclinable necesidad de acondicionar el Pacífico Central, empeñándola y ayudándola en guerras territoriales contra el Perú".

La prensa chilena de aquella época, trasunta este pensamiento. Muchísimos trabajos dictados por su cancillería son publicados en los diarios. "Si Bolivia ambiciona rectificar sus fronteras -dice "El Nacional" de Santiago (20 de agosto de 1872)-, debe ser nuestro aliado y no nuestro enemigo, en lugar de hacerse el aliado del Perú y el enemigo de Chile, que nada gana ni nada pierde con que Bolivia tenga buenos o malos puertos, esté cerca o lejos del mar, para sacar sus importaciones".

*Félix Navarra. "Episodios de la guerra del pacífico" reproducido en "Presidencia" de La Paz de 23 de Marzo de 1966.

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